viernes, 19 de septiembre de 2014

SEÑOR TRANSEÚNTE

Señores transeúntes:
Cuando caminamos por un pasaje estrecho y nos cruzamos y nos chocamos, no sé por qué lado pasar!! SI por la izquierda o por a derecha. Ustedes, enfrentados conmigo en un duelo de amagues, tampoco lo saben, evidentemente. 
En ese instante se suceden situaciones incómodas, hijas de la distracción y la torpeza, que comienza con una actitud de amabilidad, amagando tímidamente y cediéndole el paso al oponente (de manera implícita), y con una media sonrisa de cortesía. Luego, al ver que los dos hemos pensado lo mismo, y nos volvemos a chocar eligiendo el mismo lado, comienza la fase de fastidio (esto dura eternos segundos) y al segundo intento, coincidimos en el error. Se produce entonces una coreografía absurda, como si bailáramos involuntariamente un vals pero con las manos libres, mientras pensamos que "el otro" es un pelotudo que no se decide. Ya en el cuarto intento escapamos, libres, para no verle más la cara a ese idiota timorato y dubitativo.
Si la ONU no establece una convención para saber cual es el dirección que hay que tomar en estos casos, el mundo no avanza.
Mientras tanto, señor transeúnte, la próxima vez que lo cruce si no se corre de mi camino, LO PISO. Así como así. Corta la bocha...

lunes, 28 de abril de 2014

EL MATADOR

Nunca quise estar en aquella fiesta de quince. Mucho menos de haber sospechado lo que allí iba a ocurrir. Aquella noche pasé de ser un invitado desconocido a involuntaria estrella de la noche.

Ocurrió hace ya un tiempo, pero nunca lo olvidaré. Mi mujer me anuncia con mucho tiempo de antelación sobre una fiesta a la que estábamos invitados: el cumpleaños de 15 de la hija de una prima, con la que no se habían visto desde hacía 15 años. Solo conocía a la cumpleañera por fotos en facebook.

En esa relación familiar yo no existía; nada sabían de mí y yo nada sabía de ellos. Pero en la carta de invitación pasé a la categoría de acompañante y la referencia fue: “el que se había casado con “la Cris”. “¿Qué tengo que hacer yo en esa fiesta?” atiné a decir… y por la mirada incriminatoria con la que me apuntó mi mujer me encontré en la obligación de cambiar mi actitud.

Los días pasaron y mi fastidio inicial se me fue olvidando. Veía cómo en casa revolvían cajones y perchas del placard, buscando qué ponerse o se pedían turnos en la peluquería y con las manicuras. Llegando a la fecha de la fiesta, los preparativos de mi mujer iban en aumento. Como todos los hombres, yo no me caracterizaba por la habilidad para los preparativos; con una camisa y una corbata que tuviera a mano, no habría de desentonar.

Llegó el día de la fiesta. Llegamos a horario y nos presentamos en la puerta del salón. Mi mujer quedó detrás de mí, hablando con alguien que la reconoció y que la distrajo unos minutos. Quedé  solo, explicándole  a un señor muy parco sobre quién era yo, y con vergüenza ofrecí ayudarlo a encontrarme en una larga lista de invitados. Esperé unos incómodos segundos, deletreando con fastidio mi apellido a la vez que el señor buscaba negando con la cabeza. “Ah, sí, mesa 30” me asignó. Miré fugazmente, como espiando, el planito con los dibujitos de las mesas, y noté que la nuestra casi se caía del papel, orillando el borde del plano. Mejor, pensé, lo más alejadito posible, de bajo perfil.

Al entrar sentí que todos nos miraban. En un evento así la ropa suele igualarnos, pero hay algo que se percibe cuando uno es un invitado de compromiso, y en aquella noche se notaba aún más. No sé si por el olor rancio de mi traje que no me cerraba o por mi actitud timorata cuando me ofrecían algo de la bandeja, como si me diera culpa servirme algo.  

Permanecí parado frente a una estatua de hielo, iluminada de azul, haciendo tiempo, mientras que mi mujer dejaba sus cosas en el guardarropa. Mientras contemplaba ese arte tan efímero, ponía cara de que me interesaba semejante grasada. Como no sabía qué hacer con las manos y como todavía no me animaba a servirme ni un quesito, tomé una copa de algo espumante. Sorbí con elegancia cuando escucho que mi mujer me llama para comenzar a presentarme personas.

Poco a poco se iba concretando y sucediendo todo lo que esperaba. Los comentarios iniciales para ponerse al día eran: “Qué linda la fiesta”, “la nena, que grande está!”, o “¿qué es de tu vida?” o, “qué flaca estás…”

Como mandan las reglas de cortesía, me dispuse a saludar y a ser presentado a decenas de personas, de las cuales al instante de saber sus nombres los olvidada automáticamente. Lo que sí le había prevenido –y recalcado- a mi mujer, es que nunca me dejara en una situación incómoda y que nunca olvidara presentar a éste gil que la seguía detrás, para no quedar pagando mientras ella se abrazaba con parientes. Tuve que fingir asombro ante anécdotas totalmente ajenas a mi interés, o recibir y dar elogios de compromiso, que cumplí como un caballero. La procesión siguió varios minutos, en las me agoté besando viejas y gritándoles al oído mi nombre. Me resigné también a que  ingratos niños eludieran mi saludo, aunque los entendí, ya que yo hubiera hecho lo mismo.

En el lugar asignado, mientras retiraba la silla para sentarme, saqué una instantánea visual y confirmé que se trataba de la mesa del rejunte. Sonreí y saludé a todos, aunque de ellos obtuve  a cambio una tibia respuesta. Tomé aire, me relajé y me dije: está cumplida la primera parte, espero que lo siguiente fluya mejor.

A continuación tuve que remar una conversación con el resto de los invitados. Mi mujer abandonó la mesa inmediatamente y fue a visitar otras más atractivas. Mientras abrazaba a tíos y se sorprendía por sobrinos ya mayores, yo permanecía solo, en medio de desconocidos. Para ganarles de mano, y copar la parada, disparé: ¿Ustedes de dónde la conocen-cuál es el vínculo?” pregunté confusamente. La respuesta no importaba, pero sentí que al ser el primero en intentar entablar una charla, me adueñaba de la situación. Cualquier excusa era buena para sacar un tema de conversación, aunque mucho éxito no tuve; se trataba de un matrimonio que se estaba peleando, o atravesando una crisis, así que la tensión que había era terrible; junto a ellos había una adolescente obesa que miraba al plato y que ya estaba comiendo los pancitos de la panera; un hermano, también adolescente, muy introvertido, con la cabeza sumergida en su teléfono. También se encontraba en esa mesa, un matrimonio de ancianos a quienes ofrecí gentilmente servir gaseosa o jugo, pero sólo me contestaba la señora. Luego ésta me confesó que su marido era sordo.

Era evidente que esa mesa no iba a ser mi salvación; no habría de encontrar allí ni siquiera una charla trivial en la podría mantenerme con bajo perfil, oculto, y lejos de la exposición. El desafío sería cómo lograr hacer tiempo, hasta que llegara una hora prudencial para irme, sin que pareciera descortés.

Mientas sorbía de una copa, vaya saber Dios de qué era el jugo, miraba hacia atrás o giraba y elevaba mi cuello, buscando a mi mujer… pero era inútil, ella estaba ocupada, contenta, recibiendo piropos y poniéndose al día con sus parientes. Para ganar minutos decido ir al baño; al rato vuelvo y noto que el matrimonio en conflicto hace un silencio incómodo cuando me ve regresar. Claramente seguían discutiendo; su hijo estaba enviando mensajitos con su celular; su hermana obesa seguía comiendo pancitos de la panera y la vieja le hablaba a su marido sordo al oído. Hago un paneo de la mesa y resignado me siento a esperar vaya saber qué.

Más tarde opté por hacer comentarios ingeniosos, hablando del clima o de la originalidad del centro de mesa, pero seguía sin conseguir revertir la situación. Parecía un tenista jugando solo. Para distender el clima tenso y apaciguar las aguas, ofrecí pedir hielo para todos. Apenas asintieron con la cabeza. Sin embargo, el mozo no me miraba, estaba atento siempre en mesas de mayor jerarquía. Hice un ademán, como dibujando un garabato en el aire con forma de cubito, aunque en realidad lo hacía apuntando al horizonte, para no quedar en evidencia que nuestra mesa, y yo, no existíamos. El hielo nunca llegó, culpé entonces al servicio, pero lo cierto fue que nunca nadie había registrado mi pedido.

En ese momento comienza a sonar el vals. Me corrió un pequeño escalofrío por la espalda. No creo que me toque bailar, no hay razón, pensé. Sacando rápidos cálculos mentales llegué a la conclusión de que a 4 minutos por vals, y tardando quince segundos en bailar y posar para el fotógrafo,  habría tiempo para 16 invitados por cada tema, y, con dos valses,  podrían pasar no más de 32 invitados para el ritual de la fotito. Por lo tanto, si existiese una lista, o un ranking de jerarquía, yo no figuraba. Además, pensé, que a ningún DJ se le ocurriría poner más de dos temas para esa tradicional mini tanda. Se le caería la fiesta a pedazos. Pero no, me equivoqué; se ve que éste estaba inspirado, y se despachó con unos valses enganchados que habría comprado en alguna oferta. La cuestión fue que no paraba de sonar Strauss. Para colmo, los invitados dispuestos a bailar y a la fotito desfilaban muy rápido, y la filita para esperar turno no se reciclaba. ¿Y ahora? pensé, no vaya a ser cosa que la quinceañera se quede sin partenaire; y qué ese incómodo papel me toque a mí, por descarte. Busqué salvación mirando a hacia mi alrededor, pero el adolescente de mi mesa ya se había levantado en un arranque de desenvoltura hasta entonces oculto, y me dejaba a mi cada vez más sólo. Ahora no tenía excusas, al baño ya había ido. En ese preciso momento diviso a mi mujer, feliz, sonriente, muy cómoda, que estaba hablando con su prima (madre de la quinceañera) y que de lejos me hace señas para que sea yo el siguiente. Increíble, tener que bailar con esa chica que no me conocía y además posar sonriente para la fotito que a nadie le interesaría comprar. El vals seguía, y el DJ no acusaba recibo de que el asunto se estaba prolongando, y que la agasajada estaba quedando expuesta a bailar sola. Yo deseaba que la tierra me tragara. Busqué algo para tirarle a mi mujer, pero la panera estaba vacía, solo quedaban migas. Sin otro objeto contundente que arrojarle, le dedique una mirada amenazante, pero ella nunca registro mi intención. Tampoco quería que su prima me viera negarme con tanta tozudez, ya que después de todo… qué me costaba bailar un poquito. Así que opté por levantarme como un resorte, y resolver la situación, adelantándome al problema, sacándomelo de encima, escapando para adelante, como hacen los hombres decididos, pero con el miedo escondido a no tener alguien que me reemplace luego de mi intervención en la pista. Tomé a la adolescente de su mano y bailamos, como dos extraños que no tienen intensiones de conocerse. Pero aún así, debía ser yo quien me presentara, aunque a la quinceañera le importó un carajo cual era nuestro parentesco. Miré por encima de su hombro y no había nadie esperando a ser el próximo. La filita se había desintegrado. Quise hacer un chiste, pero irrumpió el desastre, lo inesperado… Una cumbia feroz, demoníaca e inoportuna ahogó mis palabras. Quedé expuesto, sólo y de la peor manera, como el primer bailarín de la primera gran tanda de baile. Un rehén del destino, en donde se me obligaba a bailar y apuntalar el comienzo de la joda, junto a la protagonista y ante todos. Agarrados de la mano, transpiré sin poder ocultarlo. La quinceañera me soltó enseguida, no sé si por mis manos húmedas o porque no era yo el indicado para ese momento, y para ningún otro. Pero aun así, mantenía mi cuota de orgullo y no quise abandonarla de manera tan drástica; así que esperé un giro y, como quien no quiere la cosa, la solté y aproveché el envión y la enlacé con el primer tío borracho que pasaba. Sin mirar para atrás, me escabullí entre la gente y la penumbra para abandonar el protagonismo de la manera más sutil que pude. Fui a sentarme, nuevamente, a mi mesa, donde quedé solo, esperando que acabara la tanda de baile. Suficiente por hoy, ya cumplí, supuse.

Encendieron las luces, ahora daba la sensación de que la ansiada comida parecía llegar, como la campana salva al boxeador cuando el nock out es inminente. Nos preparamos para comer, ahora con mi mujer al lado. Ella había bailado un poquito y ni se había acordado de mí. Debió haber pensado que yo ya me encontraba integrado a la mesa, conversando. La vi muy contenta para contarle lo me había ocurrido, aunque de alguna manera tenía que hacerle saber que yo no la estaba pasando bien. Quise hablarle, pero una vez más, una música exasperante tapó mi voz. Una introducción triunfal, como si se anunciara que algo extraordinario iba a suceder. Las luces estroboscópicas, los flashes y los rayos láser eclipsaron mi anécdota. Ante tamaña expectativa de todo el mundo, abandoné mi reclamo. Forzado por imitar lo que estaban haciendo todos, giré la silla, de cara a la pista, aunque no tenía la intención de ser espectador de nada. Me importa un carajo, balbuceé a media lengua, cuando una hilera de mozos, siguiendo una coreografía, como si fuera una performance teatral, me pasó por el costado, rozando mi codo y el último de ellos casi me incendia la oreja con las llamas del fuego de una pata de cordero encendida con inexplicable pasión. Me recuperé del susto y esperé con cierta curiosidad lo que podría venir. Finalmente, nada interesante ocurrió, eso había sido todo, solo una manga de muchachos, con pretensión artística, quisieron lucirse, teniendo su minuto de fama, sin idear un final para el caso de que la llama no cesara. El entusiasmo general se apagó antes que la llama del cordero, literalmente; de hecho para hacerlo tuvieron que socorrerlo con un repasador, ya que las llamas amenazaban con crecer hasta la bola de espejos.    

Una nueva tanda de baile llegó y el éxito de la concurrencia dejaba a las mesas vacías y a mí sin chances de poder zafar. Esta vez sí que no podría negarme. Por suerte, y por única vez, el ritmo de la música me ayudaba y con un pasito estándar y un vaso en la mano cumpliría con el pedido de mi mujer y con lo que la gente espera de uno para no ser considerado un amargo. Porque como bien se sabe, no alcanza con pasarla bien en una fiesta, a la manera de uno, sino que hay que poner cara de que se le está pasando bien y además comunicarlo con el cuerpo, haciendo el pasito de moda o poniéndose un sobrero y agitando una matraca. Pues bien, pensé, un par de temas tranquilos, y ya me vuelvo a la mesa para el postre. Pero no, acto seguido se sucedieron una serie de hechos inverosímiles  que no supe cómo manejarlos, y que se convertirían en el hecho crucial de la noche.
                                           
Un grupito de muchachos, bailarines y bailarinas irrumpieron en la pista, con su impronta, con su simpatía, con su vestuario colorido y sus coreografías ensayadas. Un cuartetazo sonando a pleno y un entusiasta animador, micrófono en mano, invitaba a todos al centro del salón. Todos buscaron a sus parejas. Mi mujer, distraída, una vez más, me dejó solo y expuesto, casi a la orilla de la pista, con el vasito en la mano, cual langa, observando al resto. Claro, eso era sólo una pose, nada que ver con mi personalidad. Sin proponérmelo, estaba como un pajarito cerca de la trampera. Una chica hermosa de las que animaba, de pollerita fatal, me tomó de la mano y me invitó a bailar, al igual que sus compañeras lo hicieron con otros. No podía negarme, y la verdad que bailar con semejante belleza con estaba tan mal. No sé de dónde saqué algún que otro movimiento acorde al género musical que sonaba, así que no desentoné y pude así ocultar mi torpeza. Canchero, aunque más no sea por unos segundos, me desenvolví con cierta soltura, siguiendo, o mejor dicho siendo arrastrado por la bailarina para seguir con la coreografía dominante. En cierto momento me agarra de la mano, me aleja del centro de la pista y, asegurándose que nadie nos viera, se me acerca al oído y me dice: “Vení, acompañáme!...”

Me dejo llevar con desconcierto pero persuadido por su simpatía y su firmeza. Casi sin oponerme, soy conducido por ella hasta un rincón del salón, donde había una escalerita caracol que derivaba a un subsuelo. Ya mi media sonrisa de galán le cedía el paso a una mueca que expresaba miedo al ridículo. “¿A dónde me llevan?” pregunté, como si me estuvieran secuestrando. Aunque parecía exagerado, estaba siendo rehén de una situación que no busqué, que no disfrutaba y que, claramente, no era para mí, ni yo era el indicado para lo que se vendría. “Quedáte tranquilo, divertíte, y divertí a todos” me exigió y luego me entregó a dos personas que me estaban esperando: un muchacho fornido que me pone de prepo una peluca de rulos, y una chica que me pide que levante los brazos y los estire hacia adelante, como un sonámbulo, y me pone un traje entero, del cuello hasta los pies, atado en la espalda, como si fuera un chaleco de fuerza. Luego me coloca unos lentes extravagantes y un cinto con una enorme y brillante hebilla. El traje era de dudoso glamour, muy llamativo, apretado al cuerpo, pero con mangas y bota mangas anchas. Su estilo, por llamarlo de algún modo, tenía una mezcla de Elvis Presley, John Travolta, y Pocho La Pantera, todo eso junto. “¿Por qué a mí? pregunté, “No sos el único, van a ir pasando otros invitados disfrazados, pero vos sos el último, el que cierra el show…”; “¿Qué show!? Levanté la voz, y entonces trató de calmarme con una palabra que me exasperó: “Relajá…!, te vamos a presentar como “EL MATADOR” me dicen finalmente, y agregó “solo probá de hacer algún pasito tipo Elvis o Travolta o Sandro, no sé, fijáte”. No podía creer que esto me estuviera pasando a mí… y que nadie viniera a rescatarme. Yo, que no quería ir, y que hice un esfuerzo enorme por mantenerme simpático y cordial, ¿qué más me estaban pidiendo… por Dios! Mientras tanto salían a la superficie otros personajes disfrazados, anteriores a mí, todos contentos ellos, de participar como invitados. En fin pensé, si es el destino que me puso allí deberé ponerle el cuerpo, en toda la literalidad de la palabra. Si tenía que hacer el ridículo, el hecho de estar disfrazado y con anteojos tal vez sería una ventaja, y como además era un ilustre desconocido, nadie me vería nunca más luego de aquella noche. “Dale que te toca Matador! Me alentaron con un simpático y confianzudo empujón…. Si quieren circo, les daré circo me dije. Acto seguido escucho que me anuncian como “el rey de la noche”, mientras suenan los primeros acordes del tema La vuelta del Matador de Cacho Castaña. “Ése es tu tema, salí y rompéla” me dicen; y cuando estoy saliendo a escena me advierten: “ah, cuidado con la tarima!”. No tuve tiempo de preguntar a qué se referían, pero la duda la evacué cuando vi que me acompañaban y, ya en medio de la pista, me suben a una tarima alta, por encima de las cabezas del resto. Estaba en la cumbre de la  vergüenza de mi vida. Enceguecido por las luces que me apuntaban, caí en la cuenta de que estaba siendo protagonista y estrella de la noche. Las mujeres, arengadas con el megáfono del desaforado animador, aullaban histéricas como lo hacen las fanáticas a un ídolo. Claro que se prestaban al juego y yo, en mi acting, debía corresponderles señalándolas y dedicándoles besos al aire, a todas y a cada una de ellas, desde arriba de la tarima, inalcanzable, como toda estrella. Por otra parte, algunos hombres veían la escena, aburridos, sin entusiasmo, como si fueran vacas mirando un tren, pero otros, más desaforados por el alcohol, me dedicaban insultos y gesticulaban groseramente  llevándose sus manos a la entrepierna.  Esperé inútilmente que alguien viniera a reemplazarme, pero no, evidentemente Dios me estaba poniendo a prueba, o simplemente el Diablo tenía programado que yo cerraría el show. Tampoco tuve la suerte de bailar solo un estribillo. No. El tema sonó en-te-ro, interminable, y tuve que remarla hasta el final. Sentía que además de carecer de sex appeal, y de la habilidad para el baile, ya mis dos pasitos de Fiebre de sábado por la noche los estaba repitiendo hasta el hartazgo. Se me habían agotado los recursos. Pero mis fans, aun así, apuntaladas por el alcohol, me bancaban, eufóricas, aplaudiéndome y observando en semicírculo. Desde lo alto, en mi posición dominante, tuve las ganas profundas de masacrar a todos, imaginándome con una ametralladora a lo Rambo, disparándoles en semicírculo. Pero, esa fantasía, se me fue enseguida y comencé a disfrutar de algún modo, de mi minuto de fama, hasta que veo, detrás del humo y de las luces, a mi mujer que por fin aparecía en escena, y que estaba descostillándose de risa. Luego me confesaría que hacía minutos que había estado buscándome y comentándole a un pariente de mi timidez, hasta que la sorprendí con mi aparición.  

Cuando el tema llegó a su fin, el infame animador, no satisfecho con mi show, arengó una vez más a que todas las chicas al terminar la tanda, se sacaran una foto conmigo, o sea con “el matador”. Ya con las luces blancas a pleno, todas ellas me rodearon para la gran foto grupal, en la que yo estaba en el centro abrazándolas a todas.  “¿Quién carajo será este tipo?” imagino aún hoy que se habrán preguntado. Estoy seguro que todavía, a dos años de lo ocurrido, se lo siguen preguntando.

Una vez finalizada mi actuación, mi mujer se colgó de mi cuello y me besó  felicitándome. Nunca supe si era en serio, si estaba orgullosa de mí; temí preguntarle, o mejor dicho, temí la respuesta. Me dirigí a mi mesa con el deseo que un remise me estuviera esperando para llevarme a casa. Aunque sin sospecharlo, notaba que en el camino entre las mesas, todos me miraban: “¿eras vos el matador?” me preguntaban. El mozo, quien nunca me había registrado, me estaba esperando con una sonrisa cómplice, un trago para brindar y el hielo que tanto había pedido. La adolescente obesa se miraba con entusiasmo, el matrimonio en disputa coincidía ahora en felicitarme y comentaban entre sí lo bien que la estaban pasando; El otro matrimonio, el de los ancianos, levantaban la copa dedicándome un brindis. El anciano sordo balbuceó una felicitación. Caí en la cuenta que, a mi pesar, la presentación del “matador” había sido un éxito. Mientras me colocaba el saco para irme, recibí palmadas de cariño de mucha gente. Repetí la seguidilla de besos, pero ahora, como suelen comportarse los amigos del campeón,  me reconocían con simpatía. Había dejado de ser transparente. Me invitaron a sentarme en mesas más iluminadas y con canilla libre de alcohol, pero me negué, con cierto espíritu de venganza. “¿Ya te vas?”, me preguntaban decepcionados. “Sí, tengo otro show…” les dije.

   

AQUI HAY GATO ENCERRADO



Esta historia sucedió en un barrio cerrado con dos familias vecinas. Como es habitual en estos barrios, en los terrenos que hay detrás de las casas no existen las paredes medianeras, sólo algunas plantaciones o ligustrinas que los separan. 
Juan, a quien le estaba yendo mejor económicamente, había sido convencido por su mujer, Karina, a mudarse a este barrio privado, junto a su fiel perro. Al lado, vivía Beto y su mujer, Andrea, quienes tenían un gato. Al poco tiempo de estar allí, Juan comenzó a intuir que con su vecino lo iba a separar algo más que la ligustrina mediante. Su perro tenía a maltraer al gato de Andrea, la mujer de Beto y, en contrapartida, el gato estaba ensañado con provocar al perro de Juan. Esta situación ponía en riesgo la buena relación de vecindad. Si bien no eran amigos, ambos matrimonios, a pesar de haber establecido una cierta distancia desde el principio, se saludaban cordialmente. Sólo se veían al comienzo del día, cuando ambas familias se iban a sus respectivos trabajos o colegios o durante el fin de semana, cuando coincidían en los jardines de los fondos.
En varias oportunidades Juan tuvo que intervenir para evitar que su perro lastimara al gato de Beto, y otras veces Beto tuvo que ir en busca de su gato a la casa de Juan, ya que este singular felino extrañamente provocaba al perro de una manera histérica, inexplicable. Entre los ladridos, tarascones  y arañazos, los humanos daban el ejemplo resolviendo las diferencias de muy buen modo: dialogando, minimizando los hechos y más tarde con chistes para disfrazar el enojo. Tiempo después cada uno de los vecinos terminaría detestando a la mascota del otro. Lo cierto era que ambos disimulaban el odio hacia el animal del otro y, por añadidura a su dueño. Evitando siempre hacer comentarios que pusieran en riesgo la buena relación. Pero a veces la tensión era inevitable, las corridas, los ladridos y los gruñidos eran cada vez mayores. Y cuando se llegó al punto de que cada vez eran más reiteradas las peleas del perro y el gato, Juan y Beto,  decidieron, de modo natural y sin enfrentamientos, evitar verse o dirigirse palabras, ni siquiera las de compromiso. Aún así, el perro y el gato seguían cruzando por los fondos, invadiéndose y provocándose mutuamente.
Un buen día, Beto y Andrea se fueron de vacaciones. Juan lo sabía porque de casualidad los había visto cargar bolsos en su auto. Justo en esos días previos, se había notado un cambio. No había novedades de ellos, ni de su gato, y en consecuencia de peleas. En consecuencia, tampoco había noticias sobre nuevos cruces, como si hubieran firmado una tregua.
“¿Se habrán llevado a ese gato?” se preguntaron Juan y su mujer. “Ya lo sabremos si la empleada viene a darle de comer día por medio” pensó Juan, porque conocía la costumbre de su vecino, quien contrataba a una empleada que viniera cada vez que se iban de vacaciones.
Durante la ausencia de Beto y su mujer, de algún modo,  Juan estaría más tranquilo y podría soltar a su perro sin que su vecino estuviera reclamándole que lo atara.  Y así fue cómo el primer fin de semana, Juan se dispuso a lavar el auto como le gustaba hacerlo, en la calle, escuchando música con el volumen al máximo, sabiendo que su vecino no estaba. Soltó por fin al perro y sintió en ese instante que lo invadía una alegría inmensa y una sensación de libertad. Karina, su mujer, le alcanzaba mates y el perro iba y venía, jugaba con su dueño, quien lo mojaba con la manguera y esté le correspondía ladrando contento. Todos felices. Ojalá que su vecino Beto no regresara nunca más, o que por lo menos su gato se ahogara en el mar, fantaseó Juan, sin imaginar que sus maldiciones habrían de cumplirse, aunque no del modo que él hubiera deseado.
Cuando acabó de secar el auto, Juan estaba dándole los últimos retoques de lustre, alegremente, prolongando su trabajo en forma deliberada, ya que lo disfrutaba como nunca, en la libertad de sentirse dueño de la cuadra, el patrón de la vereda. Añoraba, de algún modo, cuando vivía en su antiguo barrio, abierto, más humilde, en donde sí había medianeras y no existían las estrictas reglas de convivencia como condición y que él –un poco presionado por su señora- había elegido y aceptado para su actual buen pasar económico, pero que esta condición le traía aparejado otras incomodidades a su vida de nuevo rico.
Sin embargo, aquello eso eran sólo recuerdos fugaces, ya que, después de todo, se había acostumbrado a la buena vida de este barrio, excepto por el conflicto latente con su vecino. Ya encontraré la forma de resolverlo pensó Juan, e inmediatamente pateó ese pensamiento para adelante, para no opacar la tarde linda que estaba pasando, sin imaginar que lo peor estaba por suceder… 
Su perro, quien había estado ausente por varios minutos, y que repentinamente había dejado de jugar y saltar, apareció en escena de repente, convirtiendo la mañana soleada y brillante,  en un atardecer sombrío, lúgubre, de terror. El perro traía consigo al gato del vecino en su boca, muerto, y lo arrastraba y lo sacudía con la alegría de haber obtenido un trofeo. Ante la mirada atónita de su dueño, lo deja caer frente a él, moviendo la cola, como esperando a que se lo arrojara para luego ir a buscarlo.  Juan no podía creer lo que estaba sucediendo, llamó a su mujer y ésta al ver al gato en el piso, embarrado y muerto, soltó el mate que cayó en el suelo y pegó un grito que Juan calló tapándole la boca.  El perro movía la cola y ladraba, y empujaba apenas con su hocico al gato que yacía inmóvil en el piso, sin comprender que estaba proponiéndole  a su amo un juego macabro.  Juan miró para todos lados para asegurarse que nadie viera lo que estaba ocurriendo. La única certeza que tenía era que no había nadie en la casa de Beto, sólo su gato al que lo habían dejado sólo, y que ahora estaba tendido a sus pies, como diciendo “viste, se te cumplió el deseo”. ¿Habrá escuchado el grito algún otro vecino?, ¿lo habrán captado las cámaras de seguridad?  Tomó al gato muerto del lomo y lo llevo para el fondo. Karina se ocupó de agarrar al perro y llevarlo adentro de la casa, como quien esconde a un asesino. Juan estaba seguro que esto, como mínimo, sería el final de la relación con su vecino. Entonces se le ocurrió una idea que lo avergonzaba, pero que sería una alternativa que tal vez lo salvara. Aprovechó que tenía la manguera a mano y lavó al gato muerto que, a pesar de su condición, se lo veía entero, solamente estaba embarrado. El hecho de que el gato no estuviera lastimado o que no se viera maltratado podría ser muy útil para lo que Juan tenía en mente. Luego de limpiar al gato le comentó el plan a la mujer y ésta puso el grito en el cielo; pero luego, al imaginarse lo que ocurriría cuando sus vecinos se enteraran, y pensar también en las consecuencias, dado los  antecedentes de lo que venía estado  pasando, dio el visto bueno y se convirtió en cómplice.
Karina limpió con apuro al perro y lo encerró en el lavadero, Juan se puso bolsas del mercado en sus zapatos para no embarrar con sus pisadas; se dirigió al fondo, cruzó la ligustrina, tratando de no romper sus ramas y pasó a la casa de al lado. Buscó la cucha el gato dentro del garaje, se acercó sigilosamente y dejó caer al gato en su cucha, de donde nunca debió haber salido pensó; luego lo reacomodó sutilmente en una posición para que pareciera que se encontraba durmiendo; y que en todo caso, la muerte lo habría sorprendido durmiendo. Se volvió caminando hacia atrás, mirando el cuerpo del delito, y tratando de imaginar cómo lo encontraría Beto al regresar y cómo se vería al gato con la primera impresión, con el primer vistazo. Sabía que no era honesto lo que acababa de hacer, pero prefirió felicitarse y convencerse de que estaba haciendo un buen trabajo de simulación. ¿Por qué Beto y Andrea no podrían pensar que la muerte de su gato se debió a una muerte súbita? sería un posibilidad que Beto y su mujer tendrían que considerar. Tampoco había rastros de vómitos que hicieran sospechar que se trataba de un envenenamiento que –por otra parte- convertiría al matrimonio vecino en principales sospechosos. En fin, salir rápido de la escena era lo urgente. Juan apeló a la memoria de sus películas favoritas y recordó que borrar las huellas digitales constituía la primera regla. Una vez que hubo finalizado, volvió a su casa, se quitó los guantes de hule, y se dejó caer en el sillón, extenuado. Detrás quedaba el placer de estar disfrutando de la música, del domingo de sol, de lavar el auto y de los mates de su mujer.
El resto del día, y también el día siguiente, trascurrieron con un inmenso silencio cómplice entre Juan y Karina. Solo se consolaban al pasar, sin mirarse a los ojos, y se justificaban, no muy convencidos, de que lo habían hecho era lo mejor para evitar males mayores. Ahora quedaba esperar el regreso de Beto y su señora y el encuentro con su gato.
Al día siguiente, los vecinos volvieron de sus vacaciones. Juan y su mujer, espiaron desde la ventana y decidieron esperar mientras ensayaban caras, reacciones neutras y negaciones creíbles, por si sus vecinos venían a contarle lo sucedido. Increíblemente nada de eso ocurrió durante las primeras horas, lo que generaba un clima inquietante, y que tal vez preanunciaba un mal augurio.

Al llegar la tarde, se escucha golpear la puerta. Eran los vecinos. Juan y Karina lo supieron al instante, sin necesidad de ver por la mirilla. Ninguno de los dos quería ir a abrirles, pero decidieron que lo mejor sería enfrentar la situación. “Somos nosotros, Beto y Andrea” se les escuchó decir tímidamente. El tono tibio de sus voces desconcertó a Juan, quien esperaba un llamado más enérgico, por no decir que esperaba a que derribaran la puerta. Pero la blandura del puño al golpear la puerta daba la sensación como que no querían molestar. Los dos pidieron pasar, al unísono: “necesitamos contarles algo” dijo Andrea. Juan no comprendía la actitud de sus vecinos quienes, además, acariciaron al perro al entrar. Juan miraba a Karina que temblaba de miedo y de desconcierto. “Los escucho” dijo Juan. “Perdón pero no quiero que piensen mal de nosotros, pero si no les consultamos esto que ocurrió en casa, creo que vamos a volvernos locos” comenzó a decir Beto, mientras su mujer sollozaba. “¿Qué paso?”  dijo Juan con cierto cinismo que lo avergonzaba. “No sé, no logramos comprender“ dijo Beto y se dispuso a contar: “Tomasito, nuestro gato, murió de una infección un día antes de que nos fuéramos de vacaciones, así que como ya estaba todo programado decidimos irnos igual, y yo mismo lo enterré en el jardín, medio a las apuradas… pero estaba muerto, bien muerto… eso creí; y cuando regresamos, lo vimos nuevamente, en su cucha, quietito, muerto y limpito, como cuando agonizaba”. En ese preciso momento Juan recordó las uñas y el hocico de su perro lleno de barro.  Andrea, la mujer de Beto preguntó: ”¿Ustedes no escucharon ruidos extraños?” 

miércoles, 9 de abril de 2014

TARDE DE LLUVIA, DE VIOLENCIA Y PAZ

Un muchacho que hacía delivery se resbaló con un charco de agua y cayó de su moto en una esquina. Una anciana vecina de la zona al verlo en el piso se acercó y lejos de ayudarlo a levantarse le pateó la cabeza creyendo que era un motochorro. Luego se sumó a la golpiza un taxista al grito de "hay que matarlos a todos", luego le siguieron unos adolescentes que salían de sus colegios y le pegaban con sus carpetas y mochilas. Mientras un vagabundo robaba y comía porciones de la pizza de la cajuela que había quedado metros atrás. Una mujer filmaba todo con su teléfono El joven delivery gritaba su inocencia pero como tenía casco nadie lo escuchaba. 

Finalmente llegó sorpresivamente Gerardo Romano y apaciguó las ánimos. Uno de los muchachos sacó un fernet de un bolso y terminaron todos brindando por un país mejor.

martes, 1 de abril de 2014

NO PUEDO VIVIR SIN VOS

Ahora que nadie nos está observando confieso que no puedo vivir sin vos. Sí, aunque parezca exagerado. Cada vez que me despido de vos, al final del día, te extraño horrores. Quisiera traerte conmigo, a pasar la noche; sé muy bien que a mi cama sería absurdo, pero si tan solo estuvieras en la mesita de luz, yo, durante la noche, mientras te sueño, sacaría mi brazo de las sábanas y me estiraría hasta tocarte. Cada vez que inicio mi jornada, y sé que voy a verte, a disfrutarte y a tenerte en mis manos todo el día, me asomo con la primera luz de la mañana y con entusiasmo te miro detenidamente, aunque esté apurado en empezar mis actividades. Cualquier excusa es válida para acercarme a vos, a mirarte y si es posible… tocarte. Cuando no te tengo a mi lado y te veo de lejos, tu presencia me perturba, me inquieta, no logro relajarme; no puedo prestar la atención que requiere mi familia, o mis amigos de trabajo.  Giro y te busco, a lo lejos, imaginando que me estás llamando, o que tenés algo para decirme y yo sin saberlo. No me importa que a veces vaya a tu encuentro y no tengas ninguna novedad para mi, ni tampoco me molesta parecer loco si te busco todo el tiempo y cuando te encuentro no sé para que lo hice. A veces, cuando no hay nada nuevo, busco en tus ojos o hago memoria de lo que me hayas dicho en otra oportunidad y sonrío viéndote, recorriéndote, sin decir nada, como embobado.  Con vos no hay chance de que me aburra, ni que me falte contención; me encanta jugar con vos y sacarnos fotos de los momentos felices que pasamos juntos, que son muchos.
A veces siento que vos sí podes vivir sin mí. No quiero parecer pesado, ni demandante, pero a veces te noto desconectada y me decís que te falta de energía. Yo no sé si es una excusa o es una señal de que me estás queriendo decir algo. No existe ninguna señal, no seas infantil, me decís. Si es así, te creo, aunque yo, lo único que espero de vos, es que no me faltes nunca… mi amado celular.

jueves, 27 de febrero de 2014

GPS - ZONA PELIGROSA

"TE ESTÁS ACERCANDO A UNA ZONA PELIGROSA..." Advierte mi amable GPS

"¿Qué significa eso papá?", me  pregunta mi hija, y yo no encuentro comentario -ni quiero- para responderle que no resulte fascista. "Porque puede haber accidentes!!", me apuro en contestar... 
La tecnología está a la altura de las demandas "de la gente", o del usuario que puede comprar este aparatito tan copado que nos guía y nos protege. Por suerte hay un satélite que observa, desde arriba, las "casas feítas" y traza un radio imaginario a cuyo alrededor supone peligro a ser asesinado, robado, violado, o tan solo a que nos limpien los vidrios sin pedir permiso. Todo engloba la palabra PELIGROSO, lo mismo da.
¿Qué se supone que debo hacer al escuchar este alerta?, ¿mirar para los costados y acelerar evitando semáforos? aunque también me alerta que REDUZCA LA VELOCIDAD, LOMADA AL FRENTE... Ah!, ya sé, puedo llamar al 911 en forma preventiva... Pero no, porque el cartel en la vía pública decía "si sabés algo, llamá al 911" y yo llamé la otra vez diciendo: "Yo sé que Bruno Díaz es Batman!".
Por lo pronto, creo que lo que yo compré no es un GPS, es un GP "SS"



jueves, 20 de febrero de 2014

TRAPITO CON INFLACION

El trapito de siempre aumentó su tarifa... "Es por el dolar!", se justificó, mientras se encogía de hombros y me miraba como si fuera una obviedad. Ante mi actitud de sorpresa, agregó: "así no se puede vivir..!". Tomó mi espontánea contribución -ya sin mirarme- para atender a otro cliente que estaba llegando. Mientras con una mano guardaba el dinero en su bolsillo, con la otra mano flameaba su franelita (hecha en argentina) vi que en su espalda la remera decía: "Va a estar bueno Bs As."
Y, si él lo dice...

EL MOZO SIEMPRE MIRA PARA ALLÁ...

Se me preguntará dónde es allá... No lo sé, lo que sí sé, es que es para el lado opuesto a nuestra mesa (o a mi, ya creo que es personal). Cuando queremos pedir hielo, limón o simplemente la cuenta, EL MOZO NUNCA ESTÁ, o lo que es peor pareciera que adrede esquivara nuestra mirada desesperada. Yo creo que debe sentir como si fuera un rayo imaginario que se desprende de nuestras retinas y le llega a su nuca nuestras maldiciones. "Miráme forro!" imaginamos decirle y el debe decir algo cómo "Mirá cómo NO te miro cornudo". "dale que me quiero irrr!!!!!" expresan nuestros ojos, mientras cogoteamos por encima del resto de los comensales. Hasta que en algún momento parece que sí nos mirara y hacemos entonces el clásico gesto del garabato en el aire, pidiéndole la cuenta... Pero NO, su mirada esta en algún lugar que nos pasa por el costado, cerca, y también lo suficientemente lejos para eludirnos, pero tampoco cerca de nadie, prestándose a la confusión anterior. Me iría sin pagar... lo juro, pero nunca me animé a hacer un PAGADIÓ. No sé si por honestidad o timidez. La cuestión que pasan los minutos y mi hija lo resuelve yendo espontáneamente a buscarlo y tocándole con su dedito la espalda le dice: "Nos queremos ir...". "Ya voy mi amor" le dice cariñoso. Así de simple.